En 1798 se produjo una ruptura decisiva. La invasión francesa derribó el viejo orden de la antigua Confederación y abrió una etapa nueva. En lugar de una red laxa de territorios con fuerte autonomía, apareció el intento de construir una República Helvética más centralizada.
Ese experimento fue importante precisamente porque no encajó bien. Mostró que Suiza no podía transformarse con facilidad en un Estado unitario impuesto desde fuera. Por eso la etapa napoleónica importa tanto: no fue todavía la solución final, pero sí el gran paso intermedio entre la vieja Confederación y el futuro federalismo suizo.
